24/3/2026 – A veces los destinos no se eligen: simplemente suceden. Algo así le ocurrió a Verónica Polich, una joven cocinera que llegó a Caviahue casi por casualidad y terminó construyendo allí no solo su proyecto gastronómico, sino también su vida.
Verónica nació en General Roca, Río Negro. Estudió gastronomía desde muy joven. Apenas recibida como chef internacional comenzó a trabajar. Llegó a desempeñarse -antes de cumplir 20 años- como jefa de cocina en el Hotel Patagonia de Cipolletti y también trabajaba en la Bajada Cero del balneario Las Grutas.
Dividía su tiempo entre el valle y el mar cuando recibió una propuesta inesperada: viajar a Caviahue para trabajar en un hotel. Su primera respuesta fue negativa. No estaba dispuesta a dejar lo que había construido para ir a un lugar que ni siquiera conocía. Pero un profesor que siempre vio su potencial cuando estudiaba gastronomía insistió para que vaya. Al menos debía darse la oportunidad de conocer el destino, le dijo y la convenció.
Pidió una semana de licencia en su trabajo, armó el bolso y llegó a la hostería Kallfu. Ese primer viaje cambió todo.
El paisaje, la tranquilidad del pueblo -hace más de 20 años- y la propuesta laboral terminaron conquistándola. Decidió quedarse y reorganizar su vida: renunció a la temporada en Las Grutas y acordó con su empleadora de Cipolletti trabajar allí durante los meses de menor actividad turística.

Con el tiempo Caviahue se convirtió en su hogar. Allí formó una familia, nacieron sus dos hijas y comenzó también una etapa emprendedora.
En esos años la villa todavía tenía poca oferta comercial. Junto a su entonces pareja idearon abrir un mercado con rotisería gourmet. El proyecto fue creciendo de a poco: ella se ocupaba de la cocina, atendían hasta altas horas de la noche y hasta ofrecían delivery.
Años después, cuando decidieron separarse, tomaron también otra decisión importante: él continuaría con el mercado y ella iniciaría un proyecto propio, completamente gastronómico. Así nació Kraken.
Desde el principio Verónica quiso hacer algo distinto. Aprovechó que tenía el contacto de proveedores de confianza e incorporó mariscos a la carta, una propuesta poco habitual para un destino de montaña. Pero al mismo tiempo decidió que los productos regionales ocuparían un lugar central.

Piñones, hongos, quesos de cabra provenientes de comunidades de la zona y otros ingredientes del territorio comenzaron a formar parte de platos que combinan identidad patagónica con creatividad culinaria.
La propuesta fue novedosa para Caviahue y rápidamente encontró respuesta en el público. Con el tiempo el restaurante recibió el Sello de Distinción a la Calidad Turística Nacional y también el reconocimiento de la gastronomía neuquina, distinciones que implican cumplir exigentes estándares y poner en valor los productos regionales.
Hoy, después de años de trabajo, Verónica mantiene su restaurante abierto durante todo el año, acompañando el crecimiento del destino turístico.

Pero sus proyectos no se detienen. Recientemente obtuvo la autorización para acceder a un terreno donde planea desarrollar un nuevo restaurante con cocina a la vista y tres departamentos turísticos de alto nivel, una iniciativa que busca sumar calidad a la oferta local y generar nuevas oportunidades para el destino.
Su compromiso con Caviahue también se refleja en otras iniciativas colectivas. El año pasado fue convocada por NeuquénTur para representar la gastronomía neuquina en la Feria Internacional de Turismo (FIT) de Buenos Aires. Allí, junto a Natalia -dueña de Lo de Nati, otro restaurante de Caviahue-, comprobó el enorme interés que despierta la cocina regional entre el público que asiste a ese tipo de eventos promocionales.
De esa experiencia nació “Caviahue Cocina”, un evento gastronómico que tendrá su cuarta edición durante la próxima Semana Santa. Seis restaurantes participan de la propuesta, que incluye platos especiales elaborados con productos locales, música en vivo y una experiencia culinaria pensada para atraer visitantes fuera de la temporada alta.
En la carta de Kraken aparecen preparaciones como albóndigas de piñón, costillar con pesto de piñones y hongos, quesadillas regionales o quesos de cabra elaborados por productores locales. La idea es clara: mostrar que la identidad gastronómica también puede ser un motor para el turismo.

Para Verónica, la cocina siempre estuvo presente. Recuerda que, de niña, en su casa, las tareas se repartían entre todos: quien no limpiaba, cocinaba. Ella eligió el segundo camino y a los ocho años ya se movía con naturalidad entre ollas, sartenes y distintos productos.
Hoy mantiene intacta esa pasión. La calidad del producto, la estética del plato y la experiencia del comensal son pilares de su trabajo. También lo es la generosidad: suele compartir recetas con quienes se interesan por su cocina y considera que la crítica de los clientes es una herramienta valiosa para seguir creciendo.
En un pueblo pequeño, donde cada proyecto suma al desarrollo colectivo, historias como la suya muestran cómo la gastronomía puede convertirse en una puerta de entrada al territorio.
Porque detrás de cada plato hay algo más que una receta: hay paisaje, identidad y una convicción clara de que apostar por lo local también es una forma de construir destino.