10/4/2026 – En el corazón de un pueblo que respira industria, Alejandro y Liliana levantaron un refugio donde el Malbec no se fabrica, «se siente». Una bodega boutique que nació como «hobby para asados con amigos» se transformó en proyecto familiar y hoy es un nuevo faro cultural de la Ruta del Vino neuquino.
Debajo de un techo que protege del sol patagónico, rodeados de paredes pintadas con hojas de parra, vid y una copa gigante que parece brindar con el visitante, están ellos. Los encontré así: entre pinceles, pegando etiquetas y acomodando botellas. No es una línea de montaje fría; es el preludio de un ritual. Mañana hay evento en San Patricio del Chañar, y en la bodega urbana «El Chical», el aire vibra con una energía diferente.
El ensamble perfecto
La historia de este vino es, en realidad, la historia de un encuentro. Alejandro Mussi, Ingeniero Agrónomo que trabaja en Allen, venía fermentando sueños hace diez años. Pero hace seis, la llegada de Liliana León le dio el «cuerpo» que le faltaba al varietal de sus vidas.
«Esto no se regala, se vende», le dijo Lili con la claridad de quien ve el valor en lo artesanal. Ella, que trabaja en la municipalidad, se convirtió en la guardiana de los costos y los detalles, mientras Ale vuelca su saber técnico en los 2 mil kilos de uva -aproximadamente- que procesan por temporada, provenientes de fincas seleccionadas de General Roca y Cipolletti.
Ese ensamble de personalidades dio vida a «Alelí», otro producto; un aperitivo que es el sello de su unión y que lleva, en su nombre, la fusión de ambos.
Una bodega con pulso de barrio
A diferencia de las grandes estructuras comerciales, «El Chical» se define como una «bodega urbana«, dice Alejandro mientras etiqueta a mano. Aquí no hay distancias con el vecino; la conexión es total.
El misticismo del lugar se completa con el arte. Las paredes y la estética llevan la firma de Natalia Maressa, hija de Liliana y artista plástica, quien transforma el espacio en una galería viva. Es un proyecto donde la familia nutre al Malbec con pasión y aroma, convirtiendo el proceso de molienda y fermentación en un acto compartido.
«Aquí lo que vale es el corazón. No es solo tomar un vino, es todo el contexto: la música, los cuadros, la comida. Es sentarse con amigos y relajarse lejos de lo comercial. Es un ritual en torno al vino», reflexiona Alejandro.
Del hobby al interés municipal
Lo que comenzó como un vino para los asados entre amigos, hoy es un punto ineludible en el mapa turístico regional. Recientemente, el Concejo Deliberante los declaró de Interés Municipal, un espaldarazo que los integra formalmente a la ruta turística local.
Aunque ambos mantienen sus trabajos externos, la bodega es el lugar donde el tiempo se detiene. Con el apoyo técnico del Centro PyME-ADENEU, han logrado que ese Malbec de 15 mil pesos —un valor necesario para cubrir los costos en esta etapa de calidad— sea una experiencia de excelencia.
Mañana, cuando suene la música y las copas choquen bajo el techito pintado, los ciudadanos del Chañar no solo probarán un vino de autor. Serán parte de un ritual que demuestra que, a veces, la mejor cosecha no es la que sale de la tierra, sino la que brota del amor y la voluntad de compartir.
El futuro: Puertas abiertas y educación
El nombre «El Chical»rescata la raíz etimológica del Chañar, un homenaje a los antiguos pobladores y a la historia de los chañares de la región. Pero Liliana y Alejandro miran hacia adelante:
Apertura a la comunidad: Buscan que otros emprendedores locales expongan y vendan sus productos alimenticios en la bodega.
Sello educativo: Planean recibir a estudiantes para contarles, de primera mano, cómo se transforma la uva en ese «elixir» que invita al encuentro…
Esta entrevista, que nació como un diálogo entre el vino y la palabra, se transformó de pronto en el asombro de un hallazgo: el reconocimiento que brilla en una mirada conocida. En medio de la charla, el presente se detuvo para revelar una coincidencia grabada en el ayer; Liliana León y esta comunicadora (Claudia Martin) descubrieron, con la emoción a flor de piel, que sus raíces bebieron de la misma tierra. El destino las despojó de sus roles actuales para devolverlas, por un instante, a las calles de Ingeniero Huergo y a aquel patio de escuela que ambas transitaron. Hoy, el vino fue el puente y el periodismo la excusa para celebrar que, sin importar cuánto corra el camino, la vida siempre nos guarda un brindis con nuestra propia historia. Chin Chin.